jueves, 11 de mayo de 2017

El hombre que vivió 12 años entre lobos

  • 27 noviembre 2013        
Marcos Rodríguez Pantoja
Marcos no tiene animales en su casa porque es muy pequeña pero tiene un patio lleno de flores y plantas.
La primera vez que Marcos Rodríguez Pantoja se sentó frente a un plato de sopa no supo qué hacer. Lo miró detenidamente, ahuecó la palma de su mano y la introdujo en él. El contacto con el líquido hirviendo le hizo pegar un salto y el plato acabó hecho trizas en el suelo.
Corría el año 1965 y él tenía 19 años, pero hacía más de una década que no se sentaba frente a un ser humano que le ofrecía algo para comer.
Venía de pasar 12 años solo en medio de la sierra, con lobos, cabras, serpientes y otros animales como única compañía.
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Cuando era pequeño –"yo tendría unos 6 o 7 años", recuerda- su padre, que se había vuelto a casar, lo vendió a un cabrero que se lo llevó a Sierra Morena, un lugar agreste y de difícil acceso en el sur de España, para ayudar a un viejo pastor a cuidar su rebaño.
Al poco tiempo el pastor murió y Marcos se quedó solo. Más asustado de la gente -después de años de maltratos y golpizas que le propinaba su madrastra- que de la soledad del monte, Marcos nunca intentó regresar, hasta que lo encontró la Guardia Civil en el 65 y se lo llevó por la fuerza a Fuencaliente, un pequeño pueblo a los pies de Sierra Morena.
Aunque ya han pasado casi 50 años, Marcos todavía recuerda vívidamente su paso por la sierra y el impacto que le produjo el regreso.

En el monte

"Al principio yo lo pasé muy mal. No sabía qué comer, le tenía miedo a los animales y al viejo. Pero después nos hicimos amigos y con los bichos también. Y así fue como empecé a sentirme muy bien. ¡Me sentía estupendamente!, le dice Marcos a BBC Mundo.
"Para mí aquello era la gloria porque ya no me pegaban palizas", añade.
Lo poco que le enseñó el pastor antes de morir fue suficiente para que no pasase hambre. Aprendió a cazar conejos y perdices con trampas hechas de palillos y hojas, y a despellejar a los animales para aprovechar su carne y su piel.
Image caption Marcos hizo pintar esta leyenda en la entrada de su casa.
"Para comer me guiaba por los bichos. Lo que comían ellos lo comía yo", cuenta. "Los jabalíes comían unas patatas que estaban enterradas. Las encuentran porque las huelen. Cuando iban a desenterrarlas yo les tiraba una piedra, ellos se escapaban y entonces yo me robaba las patatas".
Librado a su suerte, Marcos estableció un vínculo especial con los animales.
"Un día me metí en una lobera a jugar con unos cachorritos que vivían allí y me quedé dormido. Cuando desperté, la loba estaba cortando carne de ciervo para los cachorros. Yo traté de quitarle un pedazo, porque también tenía hambre y me pegó un zarpazo", dice imitando el gesto de la loba.
"Cuando terminó de alimentar a sus cachorros, me miró y me tiró un trozo de carne. No quería tocarlo porque pensé que me iría a atacar, pero me lo fue acercando con el hocico. Lo cogí, lo comí y ella se me acercó. Pensé que me iba a morder, pero sacó la lengua y me empezó a lamer. Después de eso, ya era uno más de la familia. Íbamos a todos lados juntos", recuerda.
Marcos cuenta además que tenía una serpiente como compañera. "Vivía conmigo en la cueva de una mina abandonada. La crié de pequeñita. Le había puesto unas ramitas para hacerle un nido y le daba leche de las cabras. Me seguía a todos lados y me protegía", asegura Marcos.
¿Pero nunca te sentías solo?, le pregunto.
"Nooooo", dice enfático. "Me sentía un hombre feliz porque tenía todo lo que quería, yo no conocía otra cosa. Yo me sentía solo cuando no sentía a los bichos, porque por la noche siempre hay un bicho que canta”, me cuenta y, acto seguido, se pone a imitar el sonido del ciervo, el zorro, el búho y otros animales que le hacían compañía.
Cuando contestaban, "yo me iba a dormir tranquilo porque sabía que no me habían dejado solo".
Así, los sonidos y los gruñidos fueron ganándole espacio a las palabras hasta que dejó de hablar.

La visión de Marcos

Hoy, Marcos habla hasta por los codos. Y quizá sea por su manera de expresarse y porque Marcos es a todas luces un gran contador de cuentos –sabe exactamente cuándo hacer una pausa, cuando un ruido o un golpe seco para aumentar la tensión dramática que de por sí la historia ya tiene- que me pregunto cuán cierta es su historia.
¿Pueden acaso los lobos y los hombres ser "amigos" o las serpientes "fieles protectoras"?
"Lo que ocurre es que Marcos no cuenta lo que sucedió, sino lo que él cree que sucedió”, señala Gabriel Janer Manila, escritor y antropólogo de la Universidad de las Islas Baleares, en España, que hizo su tesis sobre el caso de Marcos y 30 años más tarde publicó una novela juvenil sobre su vida.
"Pero eso es lo que hacemos todos: presentamos nuestra visión de los hechos", acota.
"Cuando Marcos ve una serpiente y le da leche, y luego la serpiente vuelve, él dice que es su amiga. La serpiente no es su 'amiga'. Va porque él le da leche. Él dice 'ella me protege' porque está contando lo que él cree que ha sucedido”.
Y esta forma de interpretar los hechos, su imaginación -y su inteligencia-, fue lo que le permitió sobrevivir en la soledad de la sierra, explica el antropólogo.
No hay que olvidar tampoco que conocía muy bien el entorno, agrega. "Ya llevaba un adiestramiento en las formas de vida de allí. Vivía con sus padres en pleno bosque. Hacían carbón y le obligaban a recoger bellotas todos los días".

Testigos

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Fue gracias a Janer Manila que el caso de Marcos se dio a conocer. Después de toparse con la historia por casualidad se entregó a estudiarla de lleno.
Janer Manila escuchó y filmó a Marcos diez años después de que regresara de la sierra. En las grabaciones se ve a un hombre joven describiendo con candidez sus aventuras, aliviado de que por fin alguien quisiera escucharlo.
"Mi primera impresión fue de asombro. Era un joven agradable con ganas de comunicarse con la gente, a pesar de sus limitaciones. Había empezado a decepcionarse de las personas y a descubrir que muchas no eran inocentes", recuerda.
"Pero al principio, cuando la oí, no me la creía. Pensaba: 'no puede ser'. Pero el relato era tan coherente y tan bien contado, y además, cada vez que volvía a contarlo usaba las mismas palabras. Así que yo me dije 'tengo que verificar todo esto'".
Tras finalizar su grabación con Marcos, Janer Manila viajó a los lugares que él le había nombrado y habló con la gente que lo conoció.
Image caption De joven Marcos tuvo diversos empleos, la mayoría en el sector de la hotelería. Cuando contaba su historia a sus compañeros, nadie le creía.
Muchos –no todos quisieron hablar por temor a que quedara en evidencia la injusticia que se había cometido contra Marcos- ofrecieron un testimonio clave que le permitió al antropólogo corroborar la veracidad de varias partes de la historia.
"Hablé con gente que lo había tratado cuando lo encontraron, con las personas que lo acogieron en su casa, con la empleada que lo bañó por primera vez, con el seminarista que se ocupó de él... Toda esta gente me describía su forma de ser, destacaban su carácter salvaje, su ignorancia del mundo social y su incapacidad para cumplir con ninguna regla en un juego. El relato coincidía con el de Marcos", afirma Janer Manila.
"Y cuando lo he visto contar su historia después", dice en referencia a las entrevistas que Marcos dio hace algunos años después del estreno en 2010 de la película "Entrelobos" de Gerardo Olivares, inspirada en su historia, "él no ha cambiado su relato".

Entre monjas y militares

Marcos describe su regreso a la sociedad como el momento en que más miedo tuvo en su vida. "No sabía para donde tirar, sólo quería escaparme al monte".
Cada una de las experiencias que vivió fue traumática: desde su primera visita a la barbería –cuando creyó que el barbero iba a degollarlo con su navaja- hasta las peleas con las monjas de un centro para convalecientes en Madrid donde pasó una temporada, que intentaban hacerlo dormir en una cama, un hábito, que según recuerda Janer Manila, le costó mucho adoptar.
"Una vez alquiló un pequeño departamento y me lo mostró. En la habitación donde dormía no tenía ni cama ni muebles, había mantas por todo el suelo y una cantidad desparramada de hojas de revistas y periódicos arrugados, como si hubiese un animal ahí dentro. Cuando vi aquello y le pregunté si no estaría mejor en una cama, me dijo que no".
Sin embargo, lo que más alteró a Marcos en un principio fue el barullo de la ciudad.
"No podía con tanto ruido. Gente pa' acá, gente pa' allá, ¡como las hormigas! Pero las hormigas siempre van por un carril, y la gente iba de un sitio a otro”.
El encuentro con su padre, sin embargo, no le produjo emoción alguna. Cuando la Guardia Civil lo localizó para reconocer a su hijo, el padre, un hombre ya viejo y casi ciego, volvió a encontrarse cara a cara otra vez con Marcos.
"Cuando lo vi no sentí nada de nada", recuerda con indiferencia.
"Lo único que me preguntó al verme fue: '¿Dónde está tu chaquetilla?', como si todavía pudiese seguir usando la misma ropa que tenía cuando me fui".
Image caption Su casa está abarrotada de fotos, adornos y una extensa colección de encendedores <br>que adquirió y le regalaron a lo largo de los años.
Las monjas de Madrid le enseñaron a desenvolverse, me cuenta.
"Me enseñaron a comer, me pusieron una tabla en la espalda para caminar derecho porque yo andaba todo torcido de andar por la sierra", explica. Y recuerda también que lo tuvieron que poner en una silla de ruedas porque no podía caminar después de que le cortaron los callos de los pies.
Lo que siguió fue un peregrinar de una ciudad a otra por diversos trabajos, más que nada en el sector de la hotelería, y un breve paso por el servicio militar. Por su ingenuidad y su falta de experiencia, muchas veces se aprovecharon de él y terminó viviendo en condiciones de miseria en Málaga. Hasta que la buena suerte y la generosidad de un policía retirado lo llevaron a Rante, un pequeño pueblo cerca de Orense, en Galicia.
Image caption A Marcos le gusta ver televisión. Las películas del Oeste y Tarzán son sus programas favoritos.
Aunque Marcos acepta su realidad sin reproches -a lo largo de nuestra charla repite una y otra vez "lo que hay es lo que hay"- cree que su vida hubiese sido distinta si el Estado hubiese intervenido a tiempo.
"Cuando me sacaron de allí lo primero que tendrían que haber hecho es haberme metido en un colegio, enseñarme a hablar, a andar por el mundo. ¿Para qué me hacen hacer la primera comunión y el servicio militar? ¿Para que supiera pegar tiros y matar gente?", dice, y por primera vez su voz denota rabia.

En la guarida de Rante

En Rante, donde Marcos vive desde hace cerca de 15 años, todos conocen su historia.
Image caption Su casa es un poco como una guarida. El techo está decorado con huellas de lobos.
Su morada es una casa pequeña de techos bajos -que bien podría ser una cueva- atiborrada de recuerdos: fotos, dibujos, una curiosa colección de encendedores y un patio repleto de flores y plantas.
En la esquina de la sala hay un piano. Marcos aprendió a tocar de oído y no lo hace nada mal.
Cuenta que tuvo alguna que otra novia, pero hoy está solo. Tiene muchos amigos, eso sí, y gente que lo quiere y lo ayuda.
Ya no trabaja -cobra una media pensión por un accidente que tuvo cuando trabajaba en la construcción- pero siempre que puede echa una mano en el bar.
"Marcos es una persona muy buena, un poco infantil pero muy buen chico, se hace querer, siempre está aquí", dice Maite, la dueña del bar.
Desde que está en Galicia ya no quiere ir a otra parte, aunque alguna que otra vez en algún momento oscuro se le cruzó por la cabeza regresar al monte.
"Se me ocurrió muchas veces. Pero ya me había metido en esta vida y vi que había muchas cosas que allá no tenía, como la música o las mujeres. La mujer tira mucho", dice con una sonrisa pícara.
"Ahora ya estoy acostumbrado a esto y me quedo acá".
A Marcos siempre se lo puede encontrar en el bar del pueblo, el punto de reunión obligado de los habitantes de Rante.

Unidad 2 : Antropologia

Amala y Kamala, las niñas lobo de La India

Región de Midnapore, al oeste de Calcuta; 9 de Octubre de 1920. Los habitantes del poblado de Godamuri acuden asustados al reverendo Joseph Amrito Lal Singh. Entre balbuceos y discusiones inconexas, el misionero descubre por fin el motivo de la agitación que cunde entre los locales: hay espíritus en la jungla que deben ser expulsados de inmediato.
Así empieza la historia de Amala y Kamala, una historia entre tantas de niños ferales... de no ser por los datos que las últimas investigaciones revelan al respecto.

Amala y Kamala
Cuando el reverendo llegó a la linde de la selva se encontró con que un nutrido grupo de cazadores locales ya había cercado a los espíritus. En medio de un círculo de armas de fuego, dos niñas aterrorizadas y sucias miraban a todos lados mientras eran protegidas por una loba que lanzaba dentelladas al aire.
Asustados, los habitantes de Godamuri abrieron fuego abatiendo a la loba y sólo la intervención de Singh salvó a las niñas de seguir el mismo camino que su madre adoptiva. Amala y Kamala (como el propio reverendo las llamaría) fueron capturadas por la fuerza y llevadas hasta un orfanato gestionado por el propio Singh y su familia. Fue allí donde las niñas empezaron a revelar su secreto en toda su magnitud.

Amala y Kamala eran extremadamente agresivas. Sólo toleraban la presencia de los perros y su vínculo con otros seres humanos se reducía al que tenían la una con la otra, por lo que los primeros intentos de acercamiento se saldaron con un rosario de mordiscos, arañazos y otras lesiones.
Las niñas se arrancaban con los dientes la ropa que les ponía la mujer del reverendo y tenían serias dificultades para mantenerse erguidas. Caminaban a cuatro patas y completamente desnudas, sin mostrar sensación de frío o calor. Además, sus caninos eran ostensiblemente más largos y afilados de lo normal lo que, unido a que su interacción social se limitaba a gruñidos aislados, hacía que la socialización se convirtiera en algo virtualmente imposible.
Sus hábitos alimenticios también se escapaban de lo puramente humano, pues las niñas detestaban cualquier alimento cocinado y sólo consentían en comer cuando el menú consistía en carne cruda servida sobre el suelo del patio.

Kamala a cuatro patas
Pero lo peor eran las noches. Amala y Kamala dormían durante el día y hacían una vida eminentemente nocturna. Durante las horas de oscuridad, el orfanato se llenaba con los aullidos de las niñas, desesperando y asustando por igual al reverendo y a su mujer.
Fue en una de estas noches cuando Singh descubrió que las pequeñas le reservaban una sorpresa más. Sus pequeños ojos, siempre vigilantes, brillaban en la oscuridad. Amala y Kamala se movían en la noche gracias a un sentido del olfato superdesarrollado y a una visión nocturna impropia del género humano.

El reverendo trató de ahondar también en el vínculo que unía a las dos niñas. Se estimó su edad en 6 años para Kamala y 3 para Amala y, además, se llegó a la conclusión de que las pequeñas no compartían ningún lazo familar entre sí, lo que llevaba a la sorprendente hipótesis de que la loba las había "adoptado" en momentos distintos.
Tan sólo un año después de su ingreso en el orfanato, la pequeña Amala, que a la sazón contaba con 4 años de edad, murió de disentería. Fue entonces cuando Kamala mostró el primer síntoma de humanidad desde que Singhla encontró en Godamur: pese a que no era su hermana (estrictamente hablando), Kamala se acurrucó contra el féretro de Amala y lloró por primera y última vez.

Comiendo en el patio
Kamala tuvo que ser separada a la fuerza del cadáver de su hermana pero, tras un periodo de luto, empezó a hacer avances en el proceso de socialización que la mujer del reverendo, inasequible al desaliento, nunca había abandonado.
La niña empezó a andar erguida en algunas ocasiones, aprendió conceptos relativos a la cantidad e incluso consiguió asimilar un reducido vocabulario formado por unas 40 palabras monosílabas que le permitían comunicarse con el reverendo y su mujer, junto a los que vivió hasta su muerte por tifus en 1.929, con 15 años de edad.

Esta sería una historia asombrosa tanto por la propia rareza que implica como por las conclusiones médicas que podrían haberse extraído de su estudio detallado... de no ser porque es falsa. El autor francés Serge Aroles desveló en su libro "El enigma de las niñas lobo" (2007) la cruda realidad que rodeó a Amala y Kamala durante su estancia en el orfanato de Singh.

En primer lugar, las investigaciones de Aroles desvelaron que el diario del reverendo, que pretendía ser un "día a día" de las niñas en el orfanato, fue escrito en 1935, seis años después de la muerte de Kamala.
Del mismo modo, las fotos que complementan este mismo artículo y que muestran a las niñas andando a cuatro patas y comiendo en el suelo no fueron tomadas hasta el año 1937.
Por si esto no fuera suficiente, las pesquisas de Serge Aroles sacaron a la luz el testimonio del cuadro médico a cargo del orfanato, que desmentía las afirmaciones hechas por el propio Singh. Es decir, las niñas no tenían unos caninos fuera de lo común, no andaban a cuatro patas y carecían por completo de visión nocturna. En lugar de esto, el médico principal desvela que Kamala estaba afectada del síndrome de Rett, una enfermedad congénita que conlleva serias dificultades motrices y cognitivas además de provocar un severo retraso mental.
En último lugar, los testimonios recogidos entre 1951 y 1952 afirman que Kamala era golpeada constantemente por Singh para que se comportase como un animal salvaje en presencia de los visitantes que acudían al orfanato y que, conmovidos por la visión de las niñas, se vaciaban los bolsillos para colaborar en su manutención.